Javier Tusell (Historiador)

         

RAFAEL BOTÍ, UNA PINTURA SERENA Y AMIGA

En agosto de 1900 nació en Córdoba y en los momentos iniciales de su trayectoria, su paleta se basaba por entonces en el blanco de la cal, el ocre y el azul, los tres colores de Córdoba. El aliento que animaba sus cuadros remite a una figura cada vez más valorada de la pintura contemporánea española. Luego admitía nuestro que no habían sido pocos los que viendo su pintura le habían recordado a Darío de Regoyos. Tanto en Botí como en Regoyos hay a menudo una veta ingenuista que resulta muy atractiva y que, conectando con el mundo de la vanguardia, da un aire muy actual a su lección pictórica.

Vázquez Díaz, que, aparte de mantener con Botí una larga e íntima amistad, sabía ser un fino analista de quien tenía tan cerca, lo supo ver con claridad cuando puso en relación su pintura con la de los «nabis», esa derivación del posimpresionismo francés que durante unos años consistió en una de las formas de acercarse a la vanguardia en el seno del plural contenido del arte de comienzos de siglo.

La influencia de Vázquez Díaz en Botí es apreciable fundamentalmente en la construcción, pues el cromatismo del segundo es siempre mucho más vivo. Quizá, no obstante, para una sensibilidad ac-tual, lo más atractivo de Botí sean sus paisajes o sus bodegones en los que perdura la influencia cubista. De él, en efecto, bien podría decirse que fue un pintor perteneciente a la generación del 27.

Podría añadirse que en la última etapa de su vida, con una factura muy suelta, Botí bordea la impresión cromática que produce un cuadro abstracto. Esta evolución siempre fue, en él, plácida y sin rupturas. Se ha dicho de ella que siempre fue armónica como la de quien, como él, ha dedicado una parte de su vida a la música. El también pintor José Caballero dijo que «siempre canta un pájaro en sus cuadros». Pintura caracterizada por la claridad compositiva da la sensación de aspirar a la serenidad y al equilibrio, de buscar ante todo un ambiente grato y acogedor. Y esto contribuye a que los cuadros de Botí transmitan una sensación de cálida amistad.

Así se explica que la obra recibiera múltiples reconocimientos sobre todo en sus años finales. Murió en febrero de 1995 en Madrid tras una vida larga e intensa en años y en pasión por el arte.

DEL CATÁLOGO BOTÍ Y SUS MAESTROS (2000).

Javier Tusell y el hijo del pintor en la exposición Botí y sus maestros, celebrada en la Fundación Carlos de Amberes (Madrid) en 2001, en la que el primero fue comisario.
 
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Miguel Ángel Aguilar, Matías González, Angelina Costa y Javier Tusell
con el hijo del pintor en la exposición Botí y sus maestros, celebrada
en la Fundación Carlos de Amberes en 2001.

 

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