Isabel Vaquerizo (Psicóloga y periodista)

 

Tiene 93 años, ama la pintura, le gustan las mujeres guapas, tocar la viola, escuchar la sinfonía que brota de los cuadros y que cada cual diga lo que piensa, porque para Rafael Botí la falta de sinceridad es intolerable. Su pintura es un conjunto de mundos cohabitando en armonía. Un continuo que abarca sin rupturas desde el impresionismo puntillista al expresionismo alemán, y en el que convergen simultáneamente otros infinitos como el neocubismo que heredó de su maestro Vázquez Díaz o la luminosidad de Sorolla tamizada por el quehacer de los pintores vascos.

Su pintura es un constante equilibrio de opuestos: explosión de color y, sin embargo, sobriedad y elegancia; inocencia sostenida por sabiduría; sencillez y primitivismo trascendiendo sobre las coordenadas de la dificultad, dificultad que él se impone como un reto que resuelve y vence con habilidad capaz de mutar lo complejo en relajante y terapéutico.

Todo esto es Botí. Su obra es suma de paradojas. Paradojas tan sutilmente integradas en el lienzo que escapan a nuestros ojos. Y ahí está el mayor logro del artista, del hombre que ha sabido expresar a través de la quietud placentera del paisaje sus estados de agitación interior. Él lo sabe. Lo ha sabido siempre. Pero deja que cada cual interprete libremente su obra. No es Botí hombre dado a hablar de sí mismo. En las preguntas directas se sale por la tangente. Sin embargo, en un descuido pude «robarle» media docena de palabras de las suyas, de ésas en las que utiliza el mismo lenguaje que sus pinceles; la sencillez, la concreción y la elocuencia: «Mi pintura es síntesis, serenidad y está llena de preocupaciones». 

Fue una frase mimetizada en medio de la charla, pero para mí la clave que me ha llevado a ver su obra con una nueva mirada. Creo que me ha hecho penetrar en su pintura como no lo había logrado a través de las decenas de frases que otros muchos han escrito sobre él. Hasta ese momento un rcorrido por la obra de Botí había sido para mí un recorrido por la ingenuidad, por la placidez, por un silencio que sólo el canto de un pájaro parecía capaz de quebrar. Después de esa frase he aprendido a ver cómo se rompe el silencio y la quietud de sus lienzos... He aprendido a distinguir cómo su grito se eleva al cielo infinito sin hacer ruido, de puntillas. Ahora oigo la voz de su pincel. Oigo los gritos agudos de su alma en los últimos cuadros. Los oigo en medio de una calma ensordecedora.

Expresar o, mejor dicho, transmitir las emociones a través del paisaje es bastante más difícil que hacerlo apoyándose en la figura humana. Y el paisaje va a ser para Botí el vehículo que contenga sus estados anímicos. Él es pintor intimista, subjetivo, valiente porque se denuda en la tela. Se desnuda en el árbol, en el corredor, en los patios de Córdoba y en el patio manchego. Se desnuda, con pudor, en su jardín de Torrelodones.

 

DE LA ENTREVISTA REALIZADA AL PINTOR EN SU DOMICILIO MADRILEÑO EN 1993

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Isabel Vaquerizo entrevistando a Rafael Botí en su domicilio madrileño en 1993.
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