Serafín Pedraza Pascual

 

RAFAEL BOTÍ: LA MÚSICA DE LOS COLORES

estos días azules y este sol de la infancia (Antonio Machado)

La vida de un creador va íntimamente ligada a su tiempo. Existe siempre una influencia mutua: la del paso de los acontecimientos históricos por la trayectoria vital y, como contrapartida, la visión del mundo que siempre nos devuelve el artista, convirtiéndose en notario privilegiado de esos años que le han tocado en suerte. Casi sería aplicable a cualquier persona que viva o haya vivido en este planeta. No obstante, debemos recordar que, en el caso de cualquier artista, siempre queda un  legado capaz de interpelarnos, un regalo especial en el que se nos transmite, no solo una visión del mundo, sino también un acercamiento sentimental y apasionado a los elementos captados a través del prisma de una sensibilidad inquieta. Rafael Botí Gaitán no escapa a estos parámetros, como hijo de su tiempo, y como testigo capaz de transmitirnos una mirada sobre un entorno cambiante.
   
    Rafael Botí nace con el pasado siglo, en un caluroso mes de agosto, de esos que hacen de Córdoba una ciudad suspendida a orillas del río, buscando incansablemente resquicios de sombra. Cabía esperar mucho de la pasada centuria. Después de un siglo XIX convulso en lo social, aunque prometedor en el campo de los descubrimientos científicos, con multitud de caminos abiertos para la investigación, se podría haber convertido en un  tiempo de avances extraordinarios, pensados a la medida del ser humano. Pero, una vez mas, los acontecimientos se encargaron de demostrar que es mayor el peso de las decepciones, individuales y colectivas, y la fragilidad de los propósitos humanos. El siglo XX fue trepidante, testigo de avances que han asombrado a propios y extraños, y, al mismo tiempo, de las mayores muestras de barbarie de las que ha sido capaz el ser humano en esta era contemporánea: dos guerras mundiales con un resultado global de ochenta millones de muertos, el cada vez mas injusto reparto de la riqueza, el continuo expolio del tercer mundo, el problema creciente del hambre, sin soluciones ni perspectivas, la amenaza latente de otro conflicto a gran escala. En España, una guerra civil que desangró un país atrasado, en el que se perdió una oportunidad de caminar hacia una nación moderna, y crear un marco de convivencia todavía sin resolver en nuestros días.
 
    Cuando Rafael Botí Gaitán fallece, el 4 de Enero de 1995, ése ha sido, a grandes rasgos, el panorama del mundo que le había tocado vivir, caminando hacia una globalización que no aportaría un mayor acercamiento de los seres humanos. En ese contexto cabe preguntarse por el papel de cualquier artista, con independencia de la disciplina en la que desarrolle su actividad, en un universo a menudo incomprensible para la mayoría, y cuyas claves profundas encierran flagrantes contradicciones. Un conjunto de vaivenes históricos, acontecimientos de distinta envergadura que han cimentado el edificio, en continua construcción, de la Historia, tanto la colectiva como la individual. El interés por interpretar o recrear el mundo, a través de los colores, los sonidos o la palabra, se convierte entonces en un ejercicio de acercamiento al ser humano, a sus esperanzas, a su inagotable necesidad de paz, llevado continuamente a perseguir una felicidad – quizá el bien mas preciado – y por eso mas esquivo.
 
    Rafael Botí fue una persona con temprana sensibilidad, llamado por la pintura y la música a partes iguales, interesado desde muy joven en esa descodificación del entorno a través de las formas y los colores por un lado, y los sonidos por otra. Alumno de Julio Romero de Torres, también asiste a las clases de la Escuela de Artes y Oficios, sin descuidar la música. Su paso por el Conservatorio de Córdoba le llevará con 17 años hasta Madrid donde ingresará, un poco mas tarde, en la Orquesta Filarmónica de la capital, terminando en la Orquesta Nacional de España. Es un caso ejemplar, aunando dos vertientes que en principios no parecen tener muchos puntos en común. Habría que pensar, a pesar de todo, si no hubo – probablemente así fue – una visión personal en la cual la música terminó envolviendo toda la pintura de Rafael Botí o, su visión de los colores llevaron a la música ese complemento, cuando ésta se empeña en ser un camino para embellecer y también captar la profundidad de lo cotidiano. No cabe la menor duda, la quietud y la paz que se desprende de cada uno de  sus cuadros que representan, por sí solos, una completa sinfonía de formas y colores, sin estridencias, con profundidad, son un mensaje susurrado al oído del espectador atento.
 
    No debemos pasar por alto su faceta de hombre mirando al futuro, proyectando en él esa necesidad de desarrollo que siempre necesitó nuestro país. Buen ejemplo es la fundación en 1931 de la Agrupación Gremial de Artistas Plásticos y su manifiesto del 29 de abril de 1931 – dos semanas después de la proclamación de la Segunda República – planteando una profunda renovación de la vida artística española. Una mirada hacia el futuro, pero también hacia el presente, al entorno europeo donde el conjunto de los países han tenido un desarrollo muy distinto al nuestro. Nos encontramos con un hombre de profundas convicciones, y un compromiso verdadero con sus planteamientos éticos y artísticos, que tienen una profunda vinculación con la problemática social en una España necesitada de grandes reformas. Tiempo de cambios, de sobresaltos, de avances, pero también de tragedias. La guerra civil vendrá a cercenar todas las esperanzas nacidas en los años anteriores, tiempo en el que Rafael desarrolla una actividad digna de todo elogio. La contienda civil alejará al pintor de sus cuadros hasta el año 1947. Tiempo de silencio, seguro que de espera, de profundas reflexiones. Afortunadamente el artista, conmocionado por los acontecimientos violentos de un país enfrentado, volvió a su taller, se reencontró con los colores capaces de alejar el gris de una época cada vez más difusa, y no por eso menos recordada.
 
    Si miramos en su conjunto la trayectoria artística de Rafael  Botí, nos encontramos con un todo homogéneo, con los lógicos sobresaltos de cualquier vida, y una voluntad de compromiso con su pasión creadora. Los reconocimientos han sido múltiples: hijo predilecto de Córdoba y de Torrelodones, medalla de oro de la ciudad de Córdoba, una Fundación de Artes Plásticas creada en 1998 por la Diputación de Córdoba lleva su nombre, y su obra está colgada en distintos museos e instituciones públicas. Reconocimientos merecidos al hombre que supo hacer de su vida arte, regalarnos algo que solo estaba en su interior, transmitirnos lo mejor de este mundo con una generosidad sin límites. ¿Quién  no recuerda esa forma especial de reflejar un azul tan personal, capaz de disolverse en las retinas más resistentes? ¿O ese verde que tiene algo de la realidad, aunque mucho mas de aportación personal de quien cree que el mundo siempre puede ser mejor?
 
    Córdoba debe estar orgullosa de contar entre sus hijos más destacados con un artista cuya sensibilidad y oficio son capaces de crear un ambiente mágico para cualquier espectador. Seguramente esa sensación tan especial, en la que el entorno desaparece, y el cuadro contemplado se convierte en una ventana privilegiada, la promesa de un gozo que se va derramando a medida que el tiempo de observación va alargándose. Y otras veces, termina siendo ese espejo, similar al de Alicia, que nos absorbe para traspasar la pintura, buscando ese lugar mágico que solo el pintor fue capaz de encontrar.
 
    Veinte años han pasado desde que Rafael Botí Gaitán nos dejó. Un buen momento para reivindicar su obra y vida, para difundir un patrimonio que enriquece el ambiente cultural de un país. Los que hemos tenido la suerte de admirarlo, también tenemos la obligación de difundirlo, darlo a conocer a las generaciones que van llegando y cuyos ojos se encontrarán con una pintura cargada de talento y sugerencias.
 
    No puedo, ni debo, terminar estas breves líneas sin dedicar a Rafael Botí Torres, hijo del artista, unas palabras especiales. En primer lugar un agradecimiento personal por su llamada para participar en una publicación que recordará a un gran pintor cordobés. En segundo lugar por su trabajo en defensa y mayor conocimiento de la obra de su padre; un esfuerzo continuo, cargado de entusiasmo y admiración. Él ha sabido despertar en muchas personas el interés por la obra pictórica de quien supo llevar la tierra de Córdoba en la punta de sus pinceles. Queda claro, mientras haya personas con capacidad para mirar en el fondo de las cosas, en la profundidad de los sentimientos, la obra de un pintor como Rafael Botí Gaitán siempre tendrá un lugar especial.

 


 


 

 

Con Julio Pérez Torres en la exposición que se celebró en la Galería Ansorena (Madrid), en 1987. 


Con Evaristo Guerra en la exposición celebrada en el Museo de la Ciudad (Madrid) en 1993. 

Con Manuel López-Villaseñor en la exposición que tuvo en el Patronato Municipal de Cultura de Torrelodones en 1985. 

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