Juan Bernier (Poeta)

El reingreso de Rafael Botí en el ambiente cultural cordobés nos recuerda que no es tópico lo de la universalidad cordobesa.

Rafael Botí no dejó Córdoba, sino que la llevó consigo, y ahora la trae en sus cuadros, adornados por las flores del tiempo y las experiencias del espacio ajeno. «Celeste Córdoba enjuta» mana de sus lienzos con color de muro enjalbegado y jaramagos de humilde historia. Pero de esta feble apariencia mana la captación poética de lo íntimo, la débil frontera entre el espíritu y las cosas minús- culamente humildes. Porque nada hay más difícil que lo sencillo y nada más persistente que lo efímero. Botí es ligero como una pluma para vivir el etéreo ambiente de lo leve, la flor, la piedra, la cal, la hoja, el árbol. Todo enlazado por la presencia estática del aire, de «su aire», sacado de cualquier umbrío rincón cordobés. Nada monumental. ¿Pero es que lo efímero, lo volátil, lo leve, no es un monumento de otra clase, más cercano al espíritu? El aliento de la alberca en el jardín umbrío de la casa de Viana, la verdina de amaranto del agua fluyente en el santuario de la Fuensanta, las arcadas albas del convento de Santa Isabel, la luminiscencia pasional del Cristo de los Faroles, ¿no nos llevan a creer a Botí un catador de néctares puramente espirituales? El solo monumento es su pintura. Una pintura que desde la «Córdoba sola», desde la Córdoba de los rincones, desde la Córdoba, cuyo más grande monumento es su tipo de hombre humanista, perdurable siempre sobre cualquier circunstancia, que recorrió el ecumene europeo –o Tafur, o Céspedes, o cualquier spécimen hebreo o árabe, o cristiano cordobés–, que parecieron siempre no salir de casa, Rafael Botí bebe tiempo desde el impresionismo en años de experiencias exteriores, que de ninguna manera desvirtúan su idiosincrasia y su intimidad cordobesa. Leve, Botí camina por las sendas del alma o de la flor, por los vericuetos de la sencillez. Ésta es herencia, aunque no queramos, de la «Córdoba romana» y de su apolíneo y clásico sentido de la belleza. La frase machadiana nos dice lo que para el cordobés es claro. El que las cosas más simples –el fondo de todos nosotros es «naif»– son las más importantes, aunque las otras produzcan más ruido. Pensar con sandalias o alpargatas, vestir el pijama viejo es garantía de autenticidad y también de eternidad. Góngora se preocupaba de sus sotanas y acariciaba las sendas en su casa de tres habitaciones y un brasero, en la calle la Feria. Camus no encontraba nada más paralelo a su armónica visión del hombre que una tapia blanca y una palmera junto al mar. en el mundo de hoy, de siquiatría y alienación, los cuadros de Botí hacen volver al hombre al paralelismo del alma y las cosas sencillas. Como el pan de Zurbarán sobre un mantel impoluto. Como los trozos de sol de un Gauguin sobre la arena mullida. Y latiendo, sobre el alma de los cuadros, el aura ya casi romántica de un persistente Rousseau, que se empeña en su humilde coyuntura con la naturaleza.

ABC, ABRIL DE 1973.

Con Juan Bernier en la exposición Tiempo y espíritu en dos artistas cordobeses, celebrada como homenaje a ambos en la Galería Studio (Córdoba) en 1983.

 

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