Mario Antolín Paz (Presidente de la Asociación Madrileña de críticos de arte)

LA CRÍTICA DE ARTE Y RAFAEL BOTÍ

 

Rafael Botí, músico y pintor, ha sido uno de los personajes más entrañables del arte español del siglo XX. Su talento y su exquisita sensibilidad se sometieron gozosamente a la exigencia y al rigor de la interpretación musical y se liberaron, con igual alegría, en la creación pictórica. Estudiante en el Conservatorio y en la Escuela de San Fernando, discípulo de Tomás Bretón y Conrado del Campo, de Romero de Torres y Daniel Vázquez Díaz. Esa doble vocación, pictórica y musical, es una de las características fundamentales de su obra, en la que la armonía cromática y el equilibrio de la composición se convierten en rasgos definitorios de su manera de hacer, que permanecen invariables hasta el final de su vida.

 

En 1919 ingresa en la Orquesta Filarmónica de Madrid como profesor de viola, y en 1923 presenta su primera exposición en el Círculo de la Amistad de Córdoba, conjuntamente con su gran amigo, el escultor Enrique Moreno, apadrinados por el maestro Ricardo Agrasot que, en sus palabras de presentación en el catálogo, declaraba: «No son artistas resignados y conformistas. Llevan en su modo de ver el mundo de las formas y de los colores, la intención de marcarlo fuertemente con el sello de su espíritu». La crítica recibió con aplauso sus obras, y Durán de Velilla escribió sobre Botí en el Diario de Córdoba: «En la policromía de sus cuadros revela que su retina impresionista ha sabido recoger con extraordinaria precisión las múltiples tonalidades de los jardines y huertas, adormecidos bajo la diáfana claridad del sol del mediodía, para ofrecérnosla en un admirable conjunto de luces y colores», reconociendo así el talento de un pintor de 23 años, que exponía por primera vez. 

 

En 1924 contrae matrimonio con la señorita cordobesa Isidra Torres y obtiene el primero de sus innumerables galardones: una bolsa de viaje, en la Exposición Nacional de Bellas Artes de Madrid, por su cuadro De la sierra de Córdoba, hoy en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. 

 

Tres años más tarde presenta una muestra individual en la Casa Nancy de Madrid, y don José Francés, uno de los críticos más prestigiosos de su época, afirma en La Esfera: «Este joven pintor ofrece en sus cuadros, tan parcos de dimensiones y tan henchidos de espiritualidad, refugios amables y dilectos», a la vez que don Francisco Alcántara proclama en El Sol: «Rafael Botí es un caso excepcional entre nosotros de pintor moderno, muy joven, con técnica muy del día y valientemente orientada hacia el futuro». Por otro lado, Rafael Marquina subraya en Heraldo de Madrid: «Además de pintar, el artista aspira en este caso a dominar el ‘porqué’ y el ‘cómo’ de su propia pintura. No extrañe a nadie, por tanto, verle de pronto parado en mitad del camino, auscultando el mundo que resuena en su corazón». 

 

En 1929 viaja a París pensionado por la Diputación de Córdoba que, en 1931, vuelve a becarle en la capital de Francia, donde entra en contacto con las aspiraciones estéticas de los últimos movimientos de vanguardia y con muchos de los pintores españoles de la llamada Escuela de París, participando en una muestra colectiva en la Galería Castelucho. Ese mismo año funda, juntamente con Moreno Villa, Emiliano Barral, Souto, Francisco Mateos, Rodríguez Luna, Isaías Díaz y Servando del Pilar entre otros, la Agrupación Gremial de Artistas Plásticos que publica un manifiesto el 29 de abril dirigido a la opinión pública, denunciando arbitrariedades de las autoridades culturales y exigiendo una renovación de la vida artística española. 

 

En 1933 lleva a cabo una nueva exposición individual en la Asociación de Artistas Vascos de Bilbao y J. de Mena comenta en El Noticiero Bilbaíno: «La nota dominante que hemos podido observar en los lienzos que hemos visto es sin duda la del color. Y también descuella la originalidad en la visión». 

 

Tras participar en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1934, realiza al año siguiente una importante exhibición en el Salón de Arte Moderno de la Biblioteca Nacional, en Madrid. Gil Fillol puntualiza en su inteligente crítica de Ahora: «… así sucede con estos delicados paisajes de Botí, cuya belleza seduce más por la gracia sugerente que por la fuerza descriptiva», y Criado Romero resume en Heraldo de Madrid: «Rafael Botí, poeta de avanzada de la pintura, ha conseguido con esta nueva exposición, otro triunfo».

 

El estallido de nuestra Guerra Civil le obliga a trasladarse a Manzanares (Ciudad Real) donde ejerce durante tres años como profesor de dibujo y bibliotecario en el Instituto de Enseñanza Media. Su casa ha sido bombardeada y ha perdido, junto a sus recuerdos más íntimos, la casi totalidad de su obra. A finales de 1939 regresa a Madrid y, tras un largo paréntesis que se extiende hasta 1959, durante el cual participa en una muestra colectiva de la Sala Gumiel de Madrid (1947), en la Nacional de Bellas Artes (1948), en la I Bienal Hispanoamericana (1951), en algunas colectivas de Lima y Santiago de Chile, en el Homenaje a Vázquez Díaz de la Dirección General de Bellas Artes (1953) y en una exposición organizada en el Palacio de la Música de Madrid (1958), presenta una esperada muestra personal en el madrileño Círculo de Bellas Artes, en 1959, encabezada por un texto del pintor José Caballero, discípulo como él de Vázquez Díaz, que entre otras cosas dice: «Toca en su paleta la melodía de gamas de un mundo crédulo y esperanzado, de otra clase de vida, de una entonación distinta. Es música que viene del color, en íntima compenetración con la forma. Siempre brilla en su aparente simplicidad su profunda estrella. Cada obra es un poema de luz diluida, de poesía indecible. Porque siempre canta un pájaro en sus lienzos». Ramón Faraldo, tan buen crítico como escritor, se ocupa de esta exposición y proclama en el diario Ya: «Existe una pintura cuya excelencia deriva de lo que se pinta, pero desde luego de lo que se siente. Del hecho de tener un corazón distinto y un pincel para confesarlo. Los cuadros de estos pintores aparte, también se ven aunque se oyen antes». 

 

En 1961 participa en el Homenaje a Zabaleta y expone en la Escuela de Nobles y Bellas Artes de San Eloy de Salamanca, y en 1962 cuelga una individual en la Galería Toisón de Madrid, presentando el catálogo don Daniel Vázquez Díaz con un hermoso texto: «La sensibilidad de Rafael Botí gusta de los colores limpios, en armonías claras y diáfanas, de luces perladas, colores y matices delicados, de resoles febriles, fugitivos en las tardes transparentes en que el artista se extasía gozoso de encontrar la superficie cromática de cada día y cada hora». Ángel Crespo, gran poeta y agudo crítico, manifiesta en Artes, en 1962: «Botí, pintor serio y responsable, es un entrañable y silencioso amigo del arte y de cuanto con él se relaciona. Esto se ve bien en sus cuadros: en sus paisajes limpios, entre ingenuos y sabios (hay en ellos una ingenuidad que, a fuerza de amor y de costumbre, se ha hecho sabia y consciente); con sus interiores y jardines, armónica y parsimoniosamente construidos y, sobre todo, en el color que envuelve y define a unos y otros». 

 

Hasta 1972 no vuelve a presentar una muestra personal, haciéndolo en la Galería Lázaro de Madrid, pero está presente en la XIII Exposición de Pintores de África (Madrid, 1963), Exposición Nacional de Bellas Artes en la que es galardonado con el Premio de la Diputación de Cuenca (Madrid, 1964), Homenaje a Mateo Inurria (Córdoba, 1964), Homenaje a Vázquez Díaz (Monóvar, Alicante, 1977), colectiva Círculo 2 (Madrid, 1967) y en el Homenaje a Vázquez Díaz ofrecido por sus discípulos en la Galería Tartessos, de Madrid (1971). 

 

En 1973 vuelve a Córdoba mostrando su obra en la Galería Studio, y José Valverde refleja en las páginas de ABC la importancia de la exposición al escribir: «Un gran pintor que llevaba cincuenta años sin exponer en Córdoba y que a ella vuelve sin haberse dejado arrastrar por los nuevos modos pictóricos y los ismos que durante medio siglo han zarandeado la pintura española. Un gran artista de paleta clásica, cuyos extraordinarios grises nuevamente volvemos a admirar». 

 

A finales de 1974 reitera su presencia en Madrid, esta vez en la Sala Giotto. Tomás Borrás profundiza en su obra señalando en el catálogo: «Si se trasladase de la pintura a la prosa la obra de Rafael Botí, podríamos equipararla a la del sutilmente inmóvil Azorín. Las cosas pintadas por Botí las envuelve un halo de poesía, es un pintor sentimental, es un pintor en cierta manera romántico… Botí es él y las cosas, es su alma intocada. Musicalmente, su pintura es cantata. No pasará nunca la pintura de Rafael Botí porque no tiene moda. Tiene estilo, eso sí». Y José de Castro Arines sentencia en Informaciones, en 1974: «Sus modos habituales de conducta pictórica: la misma humildad en sus concepciones y gracias cromáticas, la misma limpidez intimista de sus modos de expresión, la misma sencillez en las motivaciones anecdóticas de su inventiva. Un pintor cuya bondad me serena». 

 

En 1978 lleva su pintura a la Sala Santa Catalina del Ateneo de Madrid y el inolvidable crítico Antonio M. Campoy afirma en ABC: «Un casto aire musical recorre estas composiciones de claro lenguaje y poético sentido. Una luz mañanera las cobija, una luz que es la antítesis de cualquier vagorosidad. Las cosas se desnudan de toda retórica y se ofrecen exentas, se diría que casi ingenuas, pueriles niñas extrañas a todo cuanto no sea un inocente esplendor, y siempre tan recatadas, tan negadas a exhibirse que sólo se dejan sorprender en la intimidad». 

 

En 1979 el Ayuntamiento de Córdoba acuerda su nombramiento de Hijo Predilecto y le concede la Medalla de Oro de la Ciudad. En 1980 el Ministerio de Cultura le otorga la Medalla de Plata al Mérito en las Bellas Artes. En 1981 es elegido Presidente de Honor de la Asociación de Artistas Plásticos Cordobeses. En 1982, Galapagar (Madrid) bautiza una de sus calles con el nombre de Rafael Botí. En 1983 expone individualmente en Córdoba, en el Conservatorio Superior de Música y en la Galería Studio. El poeta Juan Bernier no oculta su admiración cuando nos dice: «Si el senequismo tuviera una estatua, ésta se llamaría Rafael Botí. Mármol escueto y vivo, de serenidad cromática, refleja como nadie la pura naturaleza en su lírico manantial de hermosura y ensueño». 

 

En 1984 la Caja de Ahorros de Córdoba organiza en Madrid una nueva muestra personal, editándose un libro con textos de Francisco Zueras y Antonio Gala quien, con su habitual elegancia escribe: «Admiro a Rafael Botí, porque pinta de puntillas para no interrumpir la belleza, y no alterar la música, y no desvanecer la soledad sonora de su mundo. Admiro de corazón a Rafael Botí porque su pintura –tal como le es dada y tal como él la transmite– es un acto de amor. Como todo, en el arte y en la vida, tendría que ser siempre». 

 

En 1985 lleva a cabo su primera exposición en Barcelona, en la sala de Caja Madrid, presentando el catálogo Rafael Santos Torroella que señala: «Hay en la pintura de Rafael Botí esa aspiración a la claridad, la serenidad y el equilibrio que distinguió a los novecentistas catalanes, más o menos d’orsianos o sunyerianos, entre los cuales no se puede omitir, por más que así suela hacerse, el nombre de Salvador Dalí». 

 

En 1986 la Diputación Provincial de Córdoba reúne una importante muestra personal en el Palacio de la Merced, publicando una cuidada monografía debida a la pluma de Francisco Zueras. En 1987 expone en la Galería Ansorena de Madrid. En 1989 presenta una antológica en el Patio de Cultura de la Tabacalera (Madrid) con resonante éxito, que José Pérez Guerra recoge en el semanario El Punto de las Artes cuando resume: «Botí nació para pintar poemas. Su obra se mantiene fresca, vibrante, cargada de juventud. Este periódico también está con el maestro cordobés con su senequismo, con su obra sabia». 

 

En 1990 el Ayuntamiento de Córdoba da su nombre a una plaza cercana a la casa donde nació el pintor y, con motivo de su 90 cumpleaños, la Caja de Ahorros Provincial de Córdoba monta una exposición de su obra reciente y edita un nuevo libro sobre la pintura y la vida de Rafael Botí. En 1991 el Ayuntamiento de Torrelodones (Madrid) pone su nombre a la calle donde el pintor reside. 

 

En 1992 recibe el homenaje de la Academia Libre de Artes y Letras de San Antón de Madrid, y la revista Correo del Arte le otorga el Premio Especial del Jurado. 

 

En 1993 don José María Alvárez del Manzano, Alcalde de Madrid, inaugura en el Museo de la Ciudad una exposición personal en la que se exhiben 143 obras y diez años después –2003– rotula con el nombre del pintor una importante avenida de Madrid. En 1994 la Asociación de Escritores y Artistas Españoles le ofrece un homenaje presentado por Antonio Cobos, decano de los críticos de arte, en el que intervienen José Gerardo Manrique de Lara, José Lapayese del Río e Isabel Vaquerizo y, ese mismo año, la Junta de Andalucía patrocina en el Museo de Bellas Artes de Córdoba la que será su última exposición personal, reunida bajo el título Momentos cordobeses. 

 

Se suceden los homenajes en Córdoba y en Madrid, se proyectan nuevas exposiciones antológicas y, mientras la Asociación Sindical de Artistas Plásticos Cordobeses prepara un gran acto en su honor, fallece el 4 de febrero de 1995. 

 

La pintura de Rafael Botí experimentó, a lo largo de su vida, una constante, estremecida y coherente evolución. Pintura de tenues vibraciones, trenzada de ritmos ambientales, que se recrea en la configuración de las formas de un modo subjetivo y objetivo a la vez. Sus cuadros nos ofrecen una delicada y sencilla transmisión de emociones. Él mismo señaló que «la obra plástica siempre se asentará sobre una arquitectura de equilibrio, ritmo y matiz». Rafael Botí, que fue primero impresionista, derivó más tarde hacia un personal ingenuismo traspasado, unas veces de alegría, y otras veces de ternura. Si escarbamos en los antecedentes de su pintura, no nos resultará difícil encontrar resonancias de las vanguardias de París, del colorido de Regoyos, de la estilización de Vázquez Díaz o de la aparente inocencia de Rousseau, asimiladas por su indiscutible personalidad. 

 

Hace ya muchos años, escribí: «Rafael Botí pertenece a ese pequeñísimo grupo de los limpios de corazón. Fiel a sí mismo, ajeno a maniobras de grupos, de grupitos o de escuelas. Botí sonriente y cordial, humilde y silencioso, lleno de admiración hacia los otros, es un ejemplo de amor a la pintura y un maestro –aunque él no se lo crea– del difícil oficio de pintar». Y es una de mis pocas opiniones que sigo manteniendo pese al paso del tiempo. 

 

PRESENTACIÓN DEL CATÁLOGO DE LA EXPOSICIÓN CELEBRADA EN EL CASTILLO DE MAYA (PAMPLONA) EN 2003.

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Con Mario Antolín Paz en el homenaje que se tributó al pintor, con motivo de su noventa aniversario, en la Caja de Ahorros de Córdoba en 1990.
 

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Rafael Botí (segundo por laizquierda)
pintando con su maestro Daniel Vázquez
Díaz y un grupo de discípulos entre los que se encuentran Eva y Rafael, esposa e hijo de Vázquez Díaz, Luis Gutiérrez Solana, Pablo Zelaya, Marisa Roësset, su hermano Mauricio y María Vallejo, Madrid, 1919.
 
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Con Maruja, hija de su amigo el pintor Santiago Pelegrín, en la exposición
celebrada en el Museo de la Ciudad
(Madrid) en 1993.
 
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Con Guzmán Antonio Muñoz, Francisco Aguilera Amate, Emilio Serrano,
Eduardo Corona, José Jiménez Poyato, Manuel Nieto Cumplido y Carlos 
Clementson en el bar Sirocco de Córdoba 
en 1983.
 
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Con Antonio Rodríguez Luna y Ángel López-Obrero en Montoro (Cordoba) en 1981.
 
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Casa natal de Rafael Botí en Córdoba: calle Gutiérrez de los Ríos, número 21.

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Con Rafael Romero de Torres en Córdoba
en 1980.

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Con el Alcalde de Madrid, Juan Barranco, y la nieta de Vázquez Díaz, reunidos con muchos antiguos discípulos de Don Daniel: Fernando Rives, Luis Caruncho, José Caballero, Pedro Rodríguez, Rafael Canogar, Cristino de Vera, Javier Clavo y Juan Manuel Díaz Caneja. Madrid, 1986.

 

 

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