José Caballero  (Pintor)     

 

En 1929 Rafael Botí desde Córdoba pasa por París, donde las obras de Cezanne ya cuelgan en los museos. Ve las exposiciones de Picasso, Braque y Matisse y se siente ganado por el cubismo, que era un modo nuevo de representar el mundo.

Luego otra vez España, destemplada, fría, indiferente, donde la nueva estética habría de luchar contra la mediocridad establecida.

Es la vigilia del «Arte Nuevo», Rafael Botí profesa el ascetismo y enclaustrado en la soledad de su trabajo va haciéndose cada vez más lúcido y más intenso.

Las diversas formas analíticas del objeto, logradas en la primera fase del cubismo, son depuradas para ingresar en el cuadro, no con la forma que las caracteriza, sino con firme voluntad de encontrar su expresión.

Y así cuando el análisis de ayer se ha convertido en síntesis, termina por abandonar el problema para incorporar experiencias.

Si el cubismo ha desaparecido de su obra, en cambio su estética constructiva se ha incorporado a su pintura dándole una nueva posibilidad: El Expresionismo.

En la baraúnda general del remolino histórico, un hombre que nunca ha sentido la necesidad de deslumbrar, apartado de las recompensas oficiales y con una fe inquebrantable en la pintura, se columpia sonámbulo sobre los días manchados por revoluciones y por guerras, pintando sin apremios en un mundo lleno de inquietud.

Sensible, embriagado en su silencio, vive secretamente para eso. Pinta más hacia dentro que fuera, con algo hondo de instinto, de raíz profunda o de subconsciencias que aquietan el espíritu del espectador, consiguiendo que la eternidad del mundo se vuelva familiar.

Pintura apacible que oculta tras el cuadro su problema como el reloj oculta tras la esfera su mecanismo y su articulación del tiempo.

«Cada cuadro encierra misteriosamente una vida, una vida con su sufrimiento, sus dudas, sus horas de entusiasmo y de luz»
Kandinsky Su pintura retiene el paso de las horas buscando las grandes líneas curvas de la geometría del tiempo. El color exactamente matizado, la luz difusa que satura el atardecer.

Todo es claridad sin contraste de sombras, desde el lila al azul se adormece el sentido para lograr una exaltación del ensueño y de la melancolía.

Un mutismo sin fondo anuncia lo que ocurre o lo que puede ocurrir de un momento a otro. Un silencio que tamiza los colores de esperanzas de aurora. Una submarinidad de azules exalta las rosas, una juventud de nido surge en los hogares, una pereza de sonidos se estancia en los patios. Un río, un puente, unos árboles, un día, una hora determinada, un pájaro que repite su canción insistente.

Porque siempre canta un pájaro en sus lienzos. Como se oye el rumor del agua o el sonido que produce el paso caliente del verano. No es malicia del pájaro exótico, sino el tenaz deseo de dar el alma en un clima a través de la pintura.

Es el dulce sosiego de tener contacto con la tierra llena de beneplácito. El vivir misteriosamente en clausura con rosales
y emparrados, el sorber la luz intacta y los colores recién nacidos; algo muy transparente y puro que logra aclarar el sentido de las cosas.

Su obra es un oasis en medio de la tormenta o del invierno donde azotan implacables los rayos de todas las tendencias.

Toca en su paleta la melodía de gamas de un mundo crédulo y esperanzado, de otra clase de vida, de una entonación distinta. Es música que viene del color en íntima compenetración con la forma. Siempre brilla en su aparente simplicidad su profunda estrella. Cada obra es un poema de luz diluida, de poesía indecible.

Puede así, con la madurez de su obra, y aunque ésta sea la tarea de un solitario, mostrar el germen clásico que ha constituido uno de los principales móviles de la renovación pictórica.

Hablo de un pintor, y lo que digo está lejos de toda crítica de arte, porque esto no me corresponde. Sólo deseo ayudar a su conocimiento de una forma clara.

Es fácil destruir, o ironizar o encontrar afinidades de una manera negativa. Me parece una labor destructiva y por esta razón no quisiera hacerlo.

Las influencias forman al artista. No lo destruyen; lo deforman; lo hacen. En la obra de Botí, como en la de todos los pintores, existen estos antecedentes, estas influencias o experiencias –como quiera llamárseles– que él ha incorporado:

  • Fray Angélico y la pureza (toda su obra)
  • Zurbarán y el ascetismo (La cesta de frutas)
  • Cezanne y el paisaje (toda su obra)
  • Renoir y el impresionismo (Paisaje de la sierra de Córdoba)
  • Rousseau y el ingenuismo (parte de su obra)
  • Regoyos y la intimidad (Patio de la casa de Lope de Vega)
  • París y la luz tamizada
  • Matisse y el paisaje del jardín botánico
  • Solana y el bodegón del gallo
  • Vázquez Díaz y la luz fría (Plata)
  • Córdoba y los patios
  • Picasso y el paisaje de Horta de Ebro (Paisaje de Vallecas)
  • Madrid y el otoño.

DEL CATÁLOGO DE LA EXPOSICIÓN CELEBRADA EN EL CÍRCULO DE BELLAS ARTES (MADRID) EN 1959.

Con Rafael Ortí en la entrega de la Medalla de Oro y el título de Hijo Predilecto de la Ciudad de Córdoba, en el Salón de Mosaicos del Alcázar de los Reyes Cristianos, en 1979.

Con el matrimonio Caballero en Madrid, en 1972
 
José Caballero, Retrato de Rafael Botí, 1940
 
José Caballero, Rafael Botí. 1941.
 
 
Con Enrique García Asensio en el Ateneo de Madrid en 1978.

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