Javier Aparicio (Presidente de la Asociación de Artistas Plásticos de Córdoba)

 

BOTÍ, UNA LECCIÓN DE HUMILDAD 

«... él vive una vida callada. lejos de buscar renombre está entregado al goce íntimo de la creación, de una obra inyectada de sueños y palpitaciones, de alma delicada y sencilla.» 

Daniel Vázquez Díaz

Cuando creamos una obra intentamos transmitir a lo que estamos haciendo algo de nuestra personalidad con amor e imaginación, de tal manera que lo que realizamos con nuestras manos sea algo personal y único, una prolongación de nosotros mismos, producto de nuestro esfuerzo, irrepetible. Como tiene que ser una verdadera obra de arte. Rafael Botí creó una pintura de gran belleza, colorista y de frescura juvenil, tremendamente silenciosa, sensible, humilde y de una fuerte sensibilidad. 

Así era Botí. 

La opinión crítica del que observa una aislada obra sin conocimientos anteriores del artista, sin documentación previa sobre su vida. La envidia, la necesaria manía de comparar si un artista es mejor o peor que otro, la capacidad divina de juzgar lo bueno y lo malo se apropian de nosotros, el punto de vista de los que indocumentadamente se permiten el lujo de ensalzar o destruir. Todo esto es lo que hace daño a la creación sincera, creada para uno mismo, donde se da todo porque no es para nadie, donde hacemos ver sin querer enseñar la verdadera personalidad de cada uno de nosotros. La pintura es arte, el arte es cultura. Y nosotros los artistas, la gran mayoría somos humanos, algunos divinos, pero por suerte no lo saben. No me gusta aquel que sin serlo se lo cree y por desgracia hay algunos pocos. 

No debemos tener en cuenta el ojo examinador ajeno si nuestra creación está repleta de sentimientos. 

Tan sencillo y humilde era Botí que jamás hubiéramos tenido la suerte de ver sus obras si no hubiese existido la importante e imprescindible unión Rafael padre, Rafael hijo, Botí pintor, Botí relaciones públicas. 

Su obra no se hizo en un día, ha sido fruto de una vida, tal vez demasiado larga para él, y ese resultado ha sido producto de un extenso paso del tiempo donde sus experiencias y conocimientos han ido llenando de una apacible belleza sus lienzos, reflejándose todo ese tiempo tal y como era. Tan sensible y sincero hasta el final que no reparó en aceptar, a pesar de su delicado estado, un modesto homenaje por parte de la Asociación de Artistas Plásticos de Córdoba, de la que era en esos momentos el Presidente de Honor, y está previsto para la segunda semana de febrero. Quería desplazarme a Madrid para hacerle entrega en nombre de los artistas cordobeses de una placa simbolizando nuestro respeto y reconocimiento a su labor. Pero no pudo ser. Rafael tuvo prisa por reunirse con su maestro y amigo Vázquez Díaz, comentar con Romero de Torres cómo había cambiado Córdoba en estos años, poder corresponder a Picasso por aquella pieza que le regaló en su estudio de París, obsequiar a Lorca con el cuadro que tanto le gustó y quiso comprar en el año treinta y cinco. Saludar a ValleInclán con el que coincidía en las tertulias de los años veinte, recordar a Solana las noches en la taberna con sabor a vino, intercambiar opiniones musicales con Falla, desahogarse de la espinita que tenía clavada y darle un buen tirón de orejas a Karajan y sobre todo, con mucho gusto, poder reunirse con Isidra, su mujer. 

El Botí sencillo no pudo esperar. 

Hace veinte años le preguntaron a Botí que si le fuera posible conocer que iba a acabar su vida, qué haría en la última hora de su existencia. 

–»Si no la tenía preparada, me pondría a buscar esa frase profunda que suelen decir en tales circunstancias las personas que se estiman, y si la encontrara pronto, como mi conciencia está completamente en orden, procuraría dormir un rato, porque es conveniente ir bien descansado antes de emprender un viaje largo.» 

–¿Qué le gustaría que dijeran de usted cuando se haya ido para siempre?, le preguntaron en otra ocasión. 

–»Lo menos posible.» 

Su deseo hubiera sido morir y que nadie lo recordara, que no avisaran para su entierro, que no pusieran flores en su tumba. 

Ojalá el día que le hagan un homenaje en nuestra ciudad sea con conocimiento y sincero, ojalá cuando llegue ese momento sea de corazón, fuera de intereses políticos y de todo tipo de cultura necia y rápida, que cuando alguna calle lleve su nombre como en tantas otras ciudades o su imagen se alce en forma de busto en alguna plaza, los organizadores sepan en primer lugar cómo era y quién fue, para que de esa forma puedan hacerlo ver a los que lo desconozcan, a las generaciones siguientes. Que se puedan sentir orgullosos y saber que aunque no fue un futbolista, ni un torero sí fue un trabajador infatigable que antes de marchar ha querido mostrarnos entre todos sus cuadros un importante número donde ha plasmado su íntimo y eterno espíritu cordobés, siendo un gran embajador de Córdoba dentro y fuera de España, hablando de sus paisajes y rincones, porque sus pinceladas hablan, son poesía. 

Ojalá no hagamos caso de sus palabras y digamos quién fue Rafael Botí y para los que no lo sepan poder explicar que una vez existió en Córdoba, siempre en Córdoba, aunque viviera en Madrid. 

PALABRAS PRONUNCIADAS EN EL HOMENAJE PÓSTUMO QUE SE LE TRIBUTÓ EN LA GALERÍA STUDIO (CÓRDOBA) EN 1995.

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Javier Aparicio (segundo por la derecha)
  con José Jiménez Poyato, Carmelo Casaño
y el hijo del pintor, en el homenaje de la Asociación de Artistas Plásticos de Córdoba a su Presidente Honorífico en 1995.
 
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Con Rafael Romero de Torres el día de la  entrega de la Medalla de Oro y el título de  Hijo Predilecto de la Ciudad de Córdoba,
en 1979.
 
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En la puerta del Museo de su maestro Julio Romero de Torres, en Córdoba. 1980.
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