Miguel Castillejo (Presidente de Cajasur)         

 

Rafael Botí, «una pintura serena y amiga», como con elegancia lo define el historiador Javier Tusell, transita armónicamente entre la música y la pintura: «La música» –declara el mismo Botí– «me ha servido para tener más sensibilidad para la pintura». Con razón, su amigo y maestro Vázquez Díaz llega a decir que «en sus paisajes hay que guardar silencio para escuchar la música».

Botí pinta con pasión, deleitándose en su trabajo. Aunque sigue las huellas del postimpresionismo, no abdica en ninguna etapa de su vida de su fuerte y vital personalidad. Sus obras, plasmación permanente de la naturaleza –bodegones, paisajes, flores, patios andaluces, calles, jardines, interiores–, son frescas y claras, llenos de finos matices y las vibraciones poéticas que transitan la realidad. Porque para Rafael Botí la vida es sosiego y calma, silencio espiritualizado, canto lírico que nos habla a un tiempo de lo humano y lo divino.

Esta riqueza es la característica esencial que vocaciona a Botí para, trascendiendo el localismo más puro, asentarse en un sólido horizonte universal. Para él, el arte es siempre una aspiración a divinizar las cosas y su alma de artista estriba en haber hallado el secreto de la divinización.

Para Rafael Botí, la técnica es algo vital, como el aire; algo que necesita para desarrollar la tarea creativa. Es una técnica que busca las zonas más humanizadas de la realidad, las que pueden identificarse con los sentimientos de cualquier hombre, por ello suaviza los aspectos más rígidos y fríos de la geometría y los convierte en formas reconocibles humanizadas. De Regoyos hereda la ternura, la ingenuidad, la gracia, la pincelada medida y recatada. De Vázquez Díaz aprende a estilizar, a dar reposo y fijeza a los objetos, a decorar llevando las líneas con elegantes movimientos. La Belleza, a un tiempo estética y metafísica, es su ideal. Es la Belleza de Platón, encarnación viva, solemne y sublime de la Idea. Por eso, la pintura de Botí es, como bien la califica Antonio Gala, «un acto de amor».

Julio Romero de Torres, Daniel Vázquez Díaz y Rafael Botí, tres maestros de ayer y de hoy encumbraron el arte de la pintura hasta la cima única y exquisita de lo excelso, región luminosa de la divinidad. Tres genios que, en su contemplación desinteresada de la realidad, la conocieron en su plenitud, en su insospechada y milagrosa integridad, y, aunque sólo sea inmediata y únicamente mediante instantes y relámpagos, nos hacen partícipes de su especial visión espiritual –visio beatifica del alma del artista–, plasmada sublimemente en sus cuadros, testigos permanentes de la trascendencia que supera y desborda sin cesar la inmanencia.

DEL CATÁLOGO BOTÍ Y SUS MAESTROS (2000).

Miguel Castillejo, presidente de Cajasur, Matías Gonzalez, presidente de la Diputación de Córdoba, Angelina Costa, Concejal de Cultura del Ayuntamiento de Córdoba y Carmen Calvo, consejera de la Junta de Andalucía, en la inauguración de la exposición Botí y sus maestros, Córdoba, 2000.
 
Con su esposa e Isaías Díaz en la exposición que se celebró en la Galería Lázaro (Madrid) en 1973.

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