Antonio Gala (Escritor)       

 

La pintura, como toda emoción estética, es inefable. Para definirla se precisa emplear términos perifrásticos; aproximarse a ella a través de rodeos. Porque a la pintura se la siente, no se la expresa: ella es, en sí misma, una expresión. de ahí que el efecto varíe según el sujeto que la perciba.

Por eso, lo primero que sorprende en la obra de Rafael Botí, aun antes de contemplarla, es precisamente la unanimidad no sólo de las críticas, sino de las palabras con que tales críticas se exponen. Pocas veces he visto repetirse tanto los mismos adjetivos. Reflexionando sobre la causa, he llegado a la conclusión de que quizá sea –como por paradoja– que se trata de una pintura no adjetiva. Y que, al ser una pintura sustantiva, se dirige a esa médula, misteriosa y sagrada, en que los seres humanos –todos– somos tan semejantes.

Rafael Botí pinta como pintaría un niño que supiese pintar. No es un pintor ingenuo, sino un pintor ingénito. Con un don: el de la infancia conservada –no reconquistada, porque eso es imposible–, don al que aspira cualquier artista verdadero. Los ojos, puros para ver pureza; las manos, puras para reflejarla.

En sus cuadros está lo que queda cuando desaparece aquello a lo que normalmente damos el nombre de pintura: la pintura esencial, la huella de la vida. Está lo que sostiene a las cosas, lo que alienta bajo ellas, su sentido penúltimo. Botí les da, pintándolas, su nom-bre exacto y primigenio. Es el íntimo amigo de las cosas.

Cada una de sus obras es el resultado de un proceso de simplificación, de búsqueda, de desnudamiento. A través de la disciplina y del sosiego. Nadie pintaría así si no fuese él mismo así. Su sinceridad, pictórica y humana, se opone a la vez a la arbitra- riedad y a la rutina; se opone al apasionamiento, que tan a menudo nos confunde.

Una pintura auténtica ha de ser consecuencia de una autenticidad personal. Porque el arte no es más que la emanación de la riqueza interna que nos produce lo que nos rodea. La perenne juventud de Rafael Botí es una buena prueba: él ha ido atesorando esa riqueza y proyectándola cada día con mayor generosidad sobre sus lienzos. «La vida es corta», ha dicho, «para comprender un poco este gran proceso».

Yo he escrito en alguna ocasión que si tuviese que reducir a cuatro las características de lo cordobés, elegiría: sabiduría, austeridad, parsimonia y desdén. Pienso que las cuatro están presentes, iluminándola e iluminándonos, en la pintura de Botí. Una sabiduría que es el costoso coronamiento de un silencio, de una sencillez de percepción y de una transparencia vehicular: él ve, y nos comunica humilde y fraternalmente lo que ha visto. Una austeridad que renuncia a lo pintoresco, a lo accesorio, a lo excesivo y gesticulante y vocinglero: lo que él nos dice nos lo dice con palabras mayores, que son las que todos entendemos. Una parsimonia que consiste en la ausencia de prisa y en la ausencia de apremios, o sea, una parsimonia frente a los demás y también frente a él mismo: su obra crece, cada una, igual que crece un árbol e igual que crece un trino: con naturalidad, sin crispaciones. Un desdén apoyado en el menosprecio por lo ruidoso y por lo artificioso, por la frágil novedad y por los oropeles, por el alarde y la recompensa: la sinceridad no se improvisa en arte.

Admiro profundamente –no tengo otra manera de admirar– la pin-tura de Rafael Botí, porque ha conseguido un evidente paralelo con mi Andalucía, que es la suya: alegre, en cuanto sabe que no morirá nunca; melancólica, en cuanto siente nostalgia, ante lo que es, de lo que fue y de lo que debió ser.

Admiro a Rafael Botí, porque pinta de puntillas para no interrumpir la belleza, y no alterar la música y no desvanecer la soledad sono-ra de su mundo.

Admiro de corazón a Rafael Botí, por que pinta –tal como le es dada y tal como él la trasmite– es un acto de amor. Como todo, en el arte y en la vida, tendría que ser siempre.

DE EL PINTOR RAFAEL BOTÍ (CAJA DE AHORROS DE CÓRDOBA, 1984).

Dedicatoria de Antonio Gala, 1984.
 
Con Antonio Gala en la exposición celebrada en la sede madrileña de la Caja de Ahorros de Córdoba en 1984.
 
Ante sus cuadros cordobeses El Patio del Museo y Una calle de la Judería, en la exposición celebrada en el Patio de la Cultura de Tabacalera (Madrid), en 1989.

 

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