Javier González de Vega (Periodista)   

       

En un Madrid en que los cielos altos y limpios y las tibias tempera-turas engañan con una primavera imaginaria, la obra del artista cordobés ha colocado bajo la espléndida cúpula artdecó de Barqui-llo 5 la realidad de un mundo imaginario en su belleza y su inocen-cia primigenias.

El cuidado exquisito con que se han elegido los cuarenta cuadros que forman la exposición da una visión panorámica de la trayec-toria estética de un hombre que es artista por la gracia de Dios, y que por ello no se engríe ni se ufana en su obra. ¡Y podría hacerlo, porque desde hace más de setenta años lleva recibiendo felicita-ciones de las más ilustres plumas!

Pero aquel niño que a los nueve años iba con su violín bajo el brazo al Conservatorio de Córdoba, y que a los once se escapaba mansa-mente del rigor de los modelos geométricos que le proponía don Julio Romero de Torres para atreverse a copiar el milagro de la figura humana o el temblor enhiesto de un ciprés, sigue conservan-do la misma inocencia, la misma ilusión y la misma alegría con que Adán fue descubriendo las cosas, y en cada ocasión su mirada embellece lo que mira y al plasmarlo en el lienzo pone en ello toda su humilde sabiduría y toda la grandeza de su corazón silenciosa-mente enamorado de la vida y de la luz.

La exposición de Botí es el recorrido por una larga vida en la que Dios le ha conservado una excepcional lucidez, una vista juvenil y la alegre humildad de los puros de corazón.

Desde el primer cuadro, con paisaje de la sierra de Córdoba, pin-tado en 1922, hasta los dos resplandecientes paisajes de otra sierra, la de Guadarrama, recién pintados, hay una línea sólo inte-rrumpida por los diez años en los que el recuerdo del drama máxi-mo que es una guerra civil puso en el corazón de Botí una tristeza que le impidió pintar.

Sin embargo cuando la insistencia de los que le admiraban y le querían, le hizo volver a sus pinceles, ninguna de las sombras de su alma se reflejó en sus cuadros.

Paisajes agrestes o domesticados como los de los patios de Córdo-ba o el Jardín Botánico; barrios que hoy son colmenas humanas y cuando él los pintó eran aún pueblos en los que el verde crecía entre las casillas y los pequeños huertos se animaban con el canto de los gallos.

O las entonces limpias y tranquilas aguas de Fuenterrabía o del Bidasoa, y en ellas el reflejo de lo que se hacía con el arte más avanzado, unificado por la personalidad inmutable de Botí.

Su actitud constante de admiración sin límites a los que conside-raba maestros, su sencillez al no pretender ser genial dan por re-sultado una pintura donde no hay altibajos ni estridencias, extrava-gancias ni tontos afanes de llamar la atención.

Y sin embargo su personal modo de ver los colores, su infalible ma-nera de componer y la seguridad del dibujo que subyace en todos los cuadros hacen que un cuadro de Botí a lo que más se parezca es a Botí mismo.

Pasearse con la imaginación por uno de sus jardines o sus bosques, en los que el verde es consecuencia del canto de los grises, los malvas, los violetas y los ocres, o tener la ocasión de charlar con un hombre que en el noviembre de su vida tiene toda la dulzura y la esperanza de la primavera, es un privilegio que no se puede desperdiciar.

ANTIQUARIA, 67 (1989).

Con su hijo y Javier González de Vega en la exposición celebrada en el Museo de la Ciudad (Madrid) en 1993.
 
Pintando la Fuente del Olivo en el cordobés Patio de los Naranjos, 1973.

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