Victoria Muñoz (Periodista)

         

TRES HOMBRES Y UNA PASIÓN

Los culpables de que Rafael Botí amara la pintura como la amó a lo largo de sus días fueron, como él mismo reconoció en vida, el maestro Julio Romero de Torres y su gran amigo y también preceptor Daniel Vázquez Díaz. Dos figuras relevantes dentro del panorama artístico español del siglo XX, ambas con concepciones estéticas diferentes, pero que sin embargo tuvieron como nexo el haber influenciado de una u otra forma a el pintor Rafael Botí, a quien la Diputación, en colaboración con el Ayuntamiento y Cajasur, rinde homenaje en este año, centenario de su nacimiento, a través de una exposición titulada Botí y sus maestros que se inaugura el próximo 30 de octubre, para después trasladarse al Museo Estela de Navarra, la Fundación Carlos de Amberes de Madrid y por último a la Fundación Portuguesa de Comunicación de Lisboa.

La exposición que permanecerá en la ciudad hasta el próximo día 20 de octubre ofrecerá al público la posibilidad de adentrarse «en tres generaciones de pintores y percibir entre ellos las continuidades y las diferencias», según explicó el Delegado de Cultura de la Diputación, a través de los 20 cuadros de cada uno de estos tres creadores que tuvieron como denominador común su pasión por la pintura y el hecho de ejercer cierto influjo en la trayectoria artística de Botí.

La sensación que el joven Rafael Botí recibió con tan solo nueve años de edad al entrar con los alumnos del colegio de don Eloy Vaquerizo en el estudio de Julio Romero de Torres fue tan fuerte que en varias ocasiones responsabilizó a este artista de su pasión. «Cuando vi aquellos cuadros de mujeres desnudas, me quedé impresionado. Descubrí que la pintura podía ser otra cosa. Me produjo una sensación tremenda. Hasta el momento sólo había visto los cuadros de las iglesias».

Aunque su línea pictórica habría de ir por otros derroteros los óleos de Julio Romero ejercieron en Botí un influjo y una admiración tal que a los pocos días se matriculaba en la Escuela de Artes y Ofi-cios, dirigida por aquel entonces por el escultor Mateo Inurria.

Aquí aprendió junto al «pintor de la mujer morena» los secretos del color, del dibujo y del amor a su tierra. De este pintor localista en esta exposición se recogen obras que van desde el año 1897 como Conciencia tranquila perteneciente al Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid, hasta 1928 Mujer de Córdoba del Museo de Julio Romero de Torres recorriendo así varias de las etapas por las que pasó este creador figurativo: desde el realismo al modernismo y que más tarde se convertiría en el estandarte de la tradición frente a la modernidad pictórica que defendió con posterioridad el joven Botí.

Con 16 años Botí cultivaba paralelamente y con igual maestría su pasión por la música, la que se convirtió en su medio de vida cuando decidió en 1917 marcharse a Madrid y labrarse un futuro profesional estable.

Después de conseguir la plaza de profesor de viola de la Orquesta Filarmónica de Madrid, Botí decide continuar con sus estudios de pintura y fue al matricularse en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando cuando conoce a una figura que marcaría su trayectoria: Daniel Vázquez Díaz.

Fue su gran amigo, y pronto quedó impresionado por su concepción pictórica que distaba mucho de la rigidez creativa y academicista que imperaba en la España de aquellos días. Daniel Vázquez había vivido cerca de trece años en París y conocía de cerca las grandes corrientes plásticas que inundaban con fuerza en Europa. Le acercó al cubismo y se impregnó de la maestría pictórica de Cézanne. Junto a Vázquez Díaz comenzó así los inicios de su aventura pictórica recorriéndose casi todas las tertulias de los cafés madrileños donde los intelectuales de la época comentaban y analizaban las vanguardias.

De la obra de ese autor estarán presentes óleos como La dama en gris, Mujer dormida, Conde de Romanones, Autorretrato o Alfonso XIII entre otros.

Junto a este retratista que poseía una formidable capacidad de síntesis con el pincel aprendió la importancia que la luz adquiere en los paisajes así como el amplio contenido de los colores, más vivos aún en la obra de Botí que en la del pintor onubense, algo que reconoció Vázquez Díaz: «La sensibilidad de Rafael Botí gusta de los colores limpios, en armonías claras y diáfanas, de luces perladas, colores y matices delicados...»

Su amistad pervivió a lo largo del tiempo, tanto que toda la obra del pintor onubense que podrá verse en esta exposición es propiedad del hijo de Botí; de Rafael Botí Torres.

La admiración fue mutua y Botí se nutrió a fondo de la maestría de Vázquez pero creando su propio concepto de Vázquez pero creando su propio concepto y su estilo pictórico.

Poco a poco y a medida que se afianzaba con la pintura, Botí terminó por construirse su universo pictórico caracterizándose por sus composiciones sencillas, su estilo limpio, ingenuo en ocasiones y sobre todo transparente. Amó la naturaleza y ensalzó el colorido construyéndose alrededor de esa pasión que le habían infundido estos dos creadores un universo de placidez y tranquilidad. De su obra en esta exposición se recogen el óleo El patio de la Fuensanta, que es uno de los mejores ejemplos del amor que siempre profesó a los rincones de su ciudad; Paisaje de el Retiro, Los cipreses, Un patio de las rejas de Don Gome, De la sierra o Desde mi estudio, una de sus últimas obras.

EL SEMANARIO LA CALLE DE CÓRDOBA, OCTUBRENOVIEMBRE DE 2000.

El pintor Rafael Botí frente a uno de sus cuadros en su domicilio de Madrid, 1990.
 
La esposa del pintor en 1928.

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