Manuel Parralo Dorado (Pintor y Decano de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid)           

 

Quien mejor puede hablar de la obra de un pintor son siempre sus propias obras y es a través de ellas como podemos acercarnos a comprenderlo con más precisión; en este sentido, Rafael Botí no guarda secretos, de inmediato nos sorprende su autenticidad, la honestidad que emerge de toda su obra, su clara inocencia de gran pintor, su sereno equilibrio, la austeridad y la mesura de todo buen cordobés, esa honradez y respeto con el que se acerca al natural.

Su pintura está hecha en la intimidad y en ese silencio también cordobés. Dicen que en una ocasión paseaba Manolete junto al mozo de espada por su finca de Córdoba –en silencio naturalmente– y el mozo agobiado por tanto silencio se atreve a decir: «maestro, qué bonito es el campo», y contesta Manolete: «mejó callao». Desde ese silencio que es el mismo que transmiten los patios cordobeses, con su doble sensibilidad de pintor y de músico, él capta la luz plateada de su tierra con una paleta limpia, sin complicaciones, para no perder la frescura, con un oficio sabiamente aplicado a las exigencias de la obra. Una frescura que contrasta con otros paisanos suyos aferrados a un costumbrismo decimonónico, envuelto en disfraces de alegorías y simbolismos que poco tienen que ver con la pintura.

Se dice que el pintor pinta un único cuadro en su vida, que el poeta escribe un único verso o que el novelista escribe una única novela, y es verdad, pues se persigue un ideal que, afortunadamente, nunca se alcanza y Rafael Botí se afana tras ese cuadro imaginado y ese afán es precisamente el hilo conductor de su quehacer, el que da coherencia a toda su obra pictórica, el que le alienta y mantiene en su dilatada trayectoria, el que le impide apartar la mirada por muchos ruidos, guiños o modas que pasen a su alrededor, de forma que desde sus obras de juventud hasta las de su madurez, reconozcamos su personal visión de la luz, del cromatismo del paisaje o su criterio compositivo; todo ello, desde una exquisita sensibilidad compartida, como he señalado anteriormente, con otra de sus pasiones: la música. ¿Acaso no se estructura el color en sus cuadros como una sinfonía en la que cada nota –pincelada– desempeña su cometido? La música en la pintura, la pintura en la música, tanto monta...

En cualquier caso la armonía será quien impregne toda su obra y toda su vida. De lo primero doy fe, merced al conocimiento que tengo de su pintura, de lo segundo recojo los innumerables testimonios de aquellas personas que tuvieron la suerte de tratarle, pero no podía ser de otra manera tratándose de un individuo íntegro y de fina sensibilidad. Si la obra es auténtica no puede haber contradicción entre su pintura y su vida.

Pero adentrémonos en el análisis de la obra de Rafael Botí, veamos qué ocurre para que un pintor de Córdoba, con una formación inicial de la mano de un pintor como Romero de Torres, que gozaba de un gran reconocimiento social y, por tanto, hacía más difícil la «ruptura», pues que, pese a todo, Botí con gran intuición sabrá orientarse inmediatamente y descubrir al pintor que más decisiva-mente iba a establecer el puente con la pintura que se realizaba en París. Es muy importante tener presente que estamos hablando de 1918, cuando aquí la crítica ni se ha enterado y no valoraba, en modo alguno, la obra de Vázquez Díaz.

Esa relación con el pintor onubense será decisiva para completar su formación, desarrollando un concepto pictórico moderno, libre de ataduras y preocupado ya por aspectos esenciales de la pintura: el color, la luz, la composición. Una relación que muy pronto se convertirá en una estrecha amistad, lo que no le impidió desarrollar un estilo propio en el que resulta más evidente –sobre todo en el color y en la luz– la influencia de Cézanne. Por el contrario, en lo refe-rente a la arquitectura del cuadro, será el maestro de Nerva quien más le cautive, tanto en los paisajes abiertos como en los interiores. La ordenación de los planos y su articulación mediante la luz y el color le confieren a la obra un sello de distinción personal en el que no es menos importante su preocupación por la simplificación y el equilibrio.

No es la de Rafael Botí una pintura ingenua como algunos han apuntado, es la obra de un pintor que sabe que la pintura no necesita de grandes alharacas para su justificación; ¿Acaso hay algo más sencillo y sublime que una azucena o un cacharro de Zurbarán? La sencillez de los patios de su Córdoba natal, pintados siempre con auténtica reverencia, volviendo una y otra vez a escudriñar en sus secretos, en sus olores, en su color, en su silencio indispensable para captar lo íntimo, se convierte así en un notario de la realidad, pero atendiendo a lo esencial, de la mano de un gran conocimiento del oficio.

Amigo personal de Gutiérrez Solana, con quien compartía tertulia en el emblemáticio Café del Pombo junto a otros ilustres personajes como Borrás, Manuel Abril, Bacarisse, o bajo el magisterio de don Daniel en el Lyon D’Or de la calle de Alcalá que convocaba a un numeroso grupo de interesados por la modernidad, como Moreno Villa, Barradas, Ángeles Ortiz, Aurelio Arteta, Sunyer, Iturrino o el propio Eugenio D’Ors, o García Lorca o Alberti –como se ve aquellos que no encontraban acomodo en las Exposiciones Nacionales. Sirva esto como demostración del respeto y reconocimiento que disfrutaba Botí en los círculos artísticos madrileños. Igualmente amigo de José Caballero, de Timoteo Pérez Rubio, Díaz Caneja, Enrique Climent, de Insúa, Ponce de León, etc.

Por último, resultaría enormemente prolijo recoger en esta breve semblanza las innumerables exposiciones que celebró en su larga vida profesional, no obstante, si hubiera que señalar una por su significación de compromiso con la modernidad, ésta sería la de Arte español 1925-1935, de la exposición de Artistas Ibéricos al A.D.L.A.N. –amigos de las Artes Nuevas–, en la que participaron, entre otros, Francisco Bores, Salvador Dalí, Manuel Ángeles Ortiz, Benjamín Palencia, Joaquín Peinado, Pablo Picasso, Joaquín Torres García, Daniel Vázquez Díaz, etc.

INÉDITO

Manuel Parralo (primero por la derecha), con Julia Sáez Angulo, José Pérez-Guerra y el hijo del pintor seleccionando obras en el III Certamen de Pintura en Directo Rafael Botí en Torrelodones.
 
Certamen de pintura con el nombre del pintor, Córdoba, 2005.
 
Certamen de pintura con el nombre del pintor.
 
Con Ricardo García Segundo en la exposición celebrada en el Círculo de Bellas Artes (Madrid) en 1959.
 
 

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