Javier Pérez Segura (Profesor e Historiador del Arte Contemporáneo)      

    

Como afirma Francisco Zueras esa presentación en Córdoba le hizo encarar con más ilusión si cabe su carrera de pintor. Habitual de las tertulias, no es demasiado ilusorio pensar en que, en alguna que otra ocasión, frecuentara las del Café de Oriente o la del Café de Atocha. En esta última la influencia que ejercía el pintor uruguayo Rafael Barradas se dejaría notar en no pocos artistas, como Dalí, Benjamín Palencia, Garrán y, sobre todo, Alberto Sánchez. Pero hay una obra de Botí que sugiere que él también pudo haber conocido a Barradas y haberse visto impresionado por éste. La Estación de Atocha (1925) es, pese a la indiferencia con que ha sido tratada hasta ahora, una de las mejores obras de Botí en ese período inicial. La elección del tema y el lenguaje nos sugieren imágenes cercanas a Barradas. Respecto al tema, la estación de trenes de Atocha constituía el lugar clave para el mapa sentimental de todos los que llegaban a Madrid desde otras provincias: era, de hecho, la primera imagen urbana que veían muchos de ellos. Su condición de límite era doble, espiritual pero también geográfico: Atocha era el punto donde campo y ciudad se encontraban llegando a confundirse casi, como bien podía ver Barradas cuando, sentado en «su» Café de Atocha, recorría los rostros y los gestos de los recién llegados a la capital desde el campo.

Incluso en la factura que emplea Botí para captar ese lugar único se aprecia la huella de Barradas y la no menos obvia del también uruguayo Joaquín TorresGarcía. Las figuras se descomponen, los volúmenes de los edificios se imponen sobre el fondo e, incluso, aparecen algunos de los tótems de la pintura de ambos uruguayos, como el carruaje de caballos, que no sería sino la traslación metafórica de esa colisión/fusión de dos mundos, el de la tradición y el del presente. Quizás sea éste el mejor momento para hacer un paréntesis y constatar cómo las lecciones de esos uruguayos (so-bre todo, las de TorresGarcía) emergerían en la obra futura de Botí. Existen dos lienzos que muestran ecos de éste, como Derribo (1929) y, más sorprendente aún por lo tardío de la fecha, Puerto de Gijón (1935), que ilustran perfectamente la capacidad de recepción e interpretación que siempre demostraría el arte de Botí.

DEL CATÁLOGO CUATRO CORDOBESES EN VANGUARDIA (CÓRDOBA, 2000).

Con José Luis Medina y Juan Antonio Morales en la exposición celebrada en el Ateneo de Madrid en 1978.

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