Antonio Rodríguez Jiménez (Periodista)

 

Rafael Botí manifestó en una ocasión: «la música me sirvió para ganarme la vida y la pintura era una necesidad». Y realmente, al observar sus cuadros el espectador se queda admirado de ver tanto mundo propio reunido. La mirada de Botí era paisajística, sus vivencias contemplativas y su mundo interior palpitaba cromatismos y músicas.

Curiosamente, cada una de sus obras lleva su sello personal, ese marchamo de denominación de origen cuya principal característica es su esencialidad cordobesa. Patios, jardines, la sierra, conventos, fuentes, callejas, rincones tenuemente iluminados, ermitas son sus cuadros, casi siempre ubicados en Córdoba. Pero Botí contempla la ciudad –y sus naturalezas– desde la distancia. Se acerca a Córdoba y la destemporaliza. A este artista no le interesan los sujetos, sólo el alma de la ciudad, el espíritu de las flores y las plantas, la belleza de las hojas, todo ello desde la exaltación de la paz y la armonía, desde una belleza que emana equilibrio interior, magia y bondad.

 

DE RAFAEL BOTÍ (DIPUTACIÓN DE CÓRDOBA, 1997).

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Con Antonio Rodríguez Jiménez en la exposición que se celebró en la Caja de Ahorros de Córdoba en 1990.
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Homenaje de poetas cordobeses a Rafael Botí, en la plaza de la
ciudad que lleva su nombre.


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José Mellado presentando una expsoción de Botí en el Palacio de la Merced, Córdoba, 1997.
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